Hay razones para que, a pesar del rápido aumento en los precios del petróleo, no cunda el pánico en nuestro país. Tanto por las características de la guerra en Medio Oriente como por los cambios estructurales que se han producido en el mercado mundial de la energía, existen fundamentos para prever que cualquier alza podría ser, más que permanente, un sobresalto temporal. No se trata, desde luego, de una guerra fácil. Pero sí de un conflicto cuyas fases decisivas podrían desarrollarse con relativa rapidez: en semanas o en uno o dos meses.
En un enfrentamiento directo entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán por el otro, la diferencia tecnológica —especialmente en el ámbito aéreo y naval— resulta abrumadora a favor de Occidente.
Entre los factores que podrían acortar la fase militar principal figuran la superioridad aérea y naval occidental, el uso de armas de precisión de largo alcance, la inteligencia satelital avanzada y la vulnerabilidad de infraestructuras estratégicas clave. En conflictos modernos, la guerra no solo se libra en el campo de batalla, sino también en la velocidad con que se paraliza la capacidad logística y energética del adversario.
Pero más decisivo aún que la guerra es el cambio silencioso que ha venido ocurriendo en el mapa energético del mundo. La producción del Golfo Pérsico, que en su mejor momento llegó al 45%, se ha reducido a niveles de alrededor del 30%.
Durante décadas, bastaba que sonara un disparo —o incluso un torpedo imaginario— en el Medio Oriente para que los precios del petróleo escalaran vertiginosamente. Hoy el mercado es distinto. El liderazgo energético comienza a desplazarse del Golfo Pérsico hacia el hemisferio occidental.
Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor mundial de petróleo gracias al desarrollo del shale, consolidando al continente americano como uno de los polos de mayor crecimiento de la oferta energética global. En ese contexto se inscribe la política de expansión energética impulsada por la administración de Donald Trump bajo el lema: “perfora, bebé, perfora”, acompañada por la reducción de restricciones ambientales a la exploración y explotación de hidrocarburos.
Tampoco es irrelevante lo que ocurre más cerca de nosotros. Venezuela y Guyana concentran algunas de las reservas petroleras más grandes del planeta, lo que refuerza el papel del Atlántico y del hemisferio occidental como nuevas fronteras energéticas.
En comparación con el Medio Oriente, este predominio emergente del hemisferio occidental ofrece al mercado condiciones potencialmente más estables: menor riesgo de conflictos regionales, mayor seguridad jurídica para los inversionistas, mejor integración con los mercados financieros internacionales y una creciente atracción de inversión energética de largo plazo.
A ello se suma una ventaja geográfica nada menor: la producción del continente americano se encuentra cerca de dos grandes centros de consumo —Estados Unidos y América Latina y el Caribe— y puede exportarse con relativa facilidad hacia Europa o Asia.
Para la República Dominicana, este cambio en el mapa petrolero mundial podría resultar particularmente favorable. Un mayor flujo de petróleo en el Atlántico reduce el riesgo de interrupciones provenientes del Golfo Pérsico y contribuye a una mayor estabilidad de precios en el largo plazo. No es casual que las crisis petroleras recientes hayan sido menos frecuentes y menos abruptas que en décadas pasadas.
La coyuntura actual parece encajar en ese patrón. Aunque el precio del petróleo ha reaccionado con fuerza a la escalada del conflicto y ha superado recientemente los 100 dólares por barril, impulsado por tensiones en el Medio Oriente y el bloqueo del estrecho de Ormuz –el Gobierno de EE.UU ha asegurado que escoltará a los buques petroleros para mantener abierto el estrecho y se anunciado que el G 7 liberará reservas-, muchos analistas esperan que el mercado vuelva gradualmente a estabilizarse.
En otras palabras, podríamos estar ante picos temporales más que ante un aumento estructural y permanente de los precios.
Las proyecciones de diversas instituciones financieras sitúan el rango de estabilización del barril en torno a los 70 u 80 dólares en los próximos años. Ese nivel, según estimaciones del Banco Central dominicano, sería perfectamente asimilable por la economía nacional sin provocar traumas significativos.
De modo que, aunque el ruido de la guerra sacuda momentáneamente los mercados, conviene recordar que el sistema energético mundial ya no es el mismo de antes.
Hoy, más que el eco de los cañones, lo que termina imponiendo la calma es la fuerza silenciosa de la oferta global.






































































