La Organización Mundial de la Salud reiteró que el aumento en la frecuencia e intensidad de las olas de calor es una de las consecuencias más visibles del cambio climático, y llamó a los gobiernos a fortalecer sus planes de prevención para reducir el impacto sobre la salud de las poblaciones más vulnerables.
Solo en Estados Unidos hay ciudades donde el calor alcanzó los 43 °C, un récord que no se había visto en más de 150 años, mientras que en Europa se registran temperaturas superiores a 40 °C, y aunque las muertes por exceso de calor no suelen registrarse como tales, en junio pasado se calculan 4,310 en Alemania, 937 en España, otras 900 en países bajos; otras estimaciones hacen trepar esa cifra en la región a más de 10,000 en la última semana de junio.
En Oriente Medio, norte de África y partes de Asia suelen superar regularmente los 50 °C.
Estas olas de calor afectan sobre todo a la población mayor de 65 años, porque puede agravar dolencias respiratorias y cardiovasculares.
Este aumento de las temperaturas, vale recordarlo, es causa del cambio climático y del calentamiento global, consecuencia de la desaprensiva actividad humana.
El agujero de la capa de ozono permite la entrada de rayos solares que provocan el efecto invernadero, el calor encerrado en la superficie derrite los casquetes polares, lo que provoca el aumento del nivel del mar.
No es solamente el peligro de que el sol termine por freírnos en las próximas décadas, sino de que la Tierra vuelva ser la sopa que fue hace millones de años para terminar como un cascarón seco, vacío y sin vida.
Si no se gesta un accionar conjunto de todos los países afectados, si no se toman medidas para combatir la contaminación y cuidar las fuentes de agua, la muerte del planeta continuará acercándose cada vez más, y la posibilidad de que la vida desaparezca totalmente dejará de ser una amenaza para hacerse realidad






































































