Respirar aire contaminado durante años se asocia con un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinson, según una revisión dirigida por la Universidad de Cambridge, Inglaterra, que analizó 42 estudios y refuerza la idea de que la contaminación atmosférica no solo afecta a los pulmones, sino también al cerebro y a una de las pocas variables de riesgo que sí pueden modificarse.
El dato más consistente apareció en la enfermedad de Parkinson, eje de 26 de los trabajos examinados. Según la revisión, por cada aumento de 5 microgramos por metro cúbico de exposición prolongada a partículas finas PM2.5, el riesgo de desarrollar la enfermedad creció cerca de 10%.
La revisión, publicada en la revista Environment International, abarcó investigaciones realizadas en poblaciones de América del Norte, Europa y Asia. Se trata del análisis más amplio hasta ahora sobre la relación entre la exposición de largo plazo a la contaminación del aire exterior y varias enfermedades neurodegenerativas mayores.
Las PM2.5 son partículas lo bastante pequeñas como para atravesar los pulmones, entrar en la sangre y afectar otros órganos. Estudios en animales y humanos ya habían mostrado pruebas de que estas partículas contribuyen a trastornos vinculados con el cerebro, entre ellos demencia, esclerosis múltiple, depresión, ansiedad, Alzheimer, tumores cerebrales y accidente cerebrovascular.
Annalan Navaratnam, investigadora clínica de la Universidad de Cambridge, afirmó: “A medida que la carga mundial de las enfermedades neurodegenerativas sigue creciendo, comprender los factores de riesgo ambientales modificables es cada vez más importante”.
La investigadora agregó: “Nuestros hallazgos se suman a la evidencia de que mejorar la calidad del aire podría tener beneficios que van más allá de la salud cardiovascular y respiratoria, y potencialmente contribuir a estrategias para reducir la carga de la enfermedad de Parkinson”.
La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo progresivo que afecta principalmente el movimiento, aunque sus manifestaciones no se limitan únicamente a lo motor. Se trata de una condición que impacta en múltiples aspectos de la vida cotidiana, desde la movilidad hasta alteraciones en el sueño y en el habla, entre otras, dificultando de esta manera las tareas más simples del día a día.
La señal más sólida apareció en la enfermedad de Parkinson
La revisión concluyó que también existe una asociación entre partículas de mayor tamaño, las PM10, y el Parkinson. Por cada incremento de 15 microgramos por metro cúbico de exposición prolongada a PM10, el riesgo fue 18% más alto.
Las PM10 incluyen partículas visibles a simple vista, como polen, polvo agrícola, hollín y cenizas de incendios, la fracción humeante del escape diésel y esporas de moho. Para dar una referencia concreta, los investigadores señalaron que la concentración media de PM2.5 medida al borde de las rutas en el centro de Londres en 2023 fue de 10 microgramos por metro cúbico.
El trabajo no sostiene que toda persona expuesta a aire contaminado vaya a desarrollar Parkinson. Lo que muestra es un aumento del riesgo, mientras que la probabilidad individual sigue siendo relativamente baja y depende además de otros factores como la genética, la edad y la dieta.
Ese matiz no reduce la relevancia sanitaria del hallazgo. Como millones de personas están expuestas todos los días a la contaminación del aire, incluso un aumento moderado del riesgo podría traducirse en un número considerable de casos adicionales a escala poblacional.
El estudio no halló pruebas firmes para otras enfermedades neurológicas
La revisión no encontró evidencia convincente de que la exposición prolongada a PM2.5 o al dióxido de nitrógeno aumente el riesgo de esclerosis múltiple. Tampoco detectó un vínculo claro entre las PM2.5 y las enfermedades de la neurona motora, como la esclerosis lateral amiotrófica.
Los autores advirtieron que esas conclusiones son más débiles porque había muy pocos estudios disponibles: solo tres sobre esclerosis múltiple y tres sobre enfermedades de la neurona motora. Esa escasez dificulta extraer conclusiones firmes.
Navaratnam señaló que tanto los hallazgos como la falta de hallazgos en algunas enfermedades “pueden deberse a la forma en que fueron diseñados los estudios”. También planteó la necesidad de ampliar la investigación: “Necesitamos con urgencia más investigación, en poblaciones más grandes, para examinar lo que es un problema importante de salud pública”.
Uno de los principales obstáculos es que las enfermedades neurodegenerativas se desarrollan lentamente, muchas veces a lo largo de décadas. Eso complica su estudio: las personas se mudan, los niveles de contaminación cambian con el tiempo y estimar con precisión la exposición acumulada de un individuo a lo largo de su vida no es sencillo.
Aun así, el análisis de grupos poblacionales amplios o de múltiples estudios permite obtener señales útiles, como en esta revisión.
Un transporte más limpio, la reducción de las emisiones industriales y normas más estrictas sobre la calidad del aire pueden ayudar a reducir el número de personas que desarrollan Parkinson.
Alexandra Tien-Smith, epidemióloga de la Universidad de Cambridge, dijo que estos resultados se suman a un cuerpo de evidencia cada vez más sólido sobre los efectos nocivos de la contaminación atmosférica en la salud, desde una amplia variedad de enfermedades en casi todos los sistemas del cuerpo humano hasta la mortalidad prematura.
