Hablemos un poco de historia: La triste hazaña de Pavel Morozov

En mis tiempos de universitario estaba de moda la glorificación de Pavlik Morozov entre mis compañeros de aula. Pavlik era un ejemplo frente al cual todos debíamos inclinarnos. Nos habían entregado copias maltrechas de poemas y traducciones de recortes de la prensa soviética, exaltando su figura inocente y su inmenso sacrificio.

Lo que trataban de inculcarnos era la idea de que la vida de ese muchacho soviético era digna de emulación, sin importar las consecuencias. Inconscientes, mis compañeros solían recitar de memoria alguna de esas evocaciones glorificadoras.

Pavlik no sólo era un héroe de la Unión Soviética sino un ídolo de las juventudes comunistas en todo el mundo. Si se quería el privilegio de pertenecer al partido y ser un fiel marxista-leninista, tenía que aceptársele casi como una figura mítica, entender el valor de su acción y la importancia de su sacrificio.

En una importante plaza de Moscú, una estatua de este héroe juvenil simbolizaba la trascendencia de su vida en el desarrollo y consolidación de la revolución bolchevique. El Palacio de la Cultura de los Pioneros Rojos llevaba en honor su nombre. La Komsomol, el organismo juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética, predicaba a los jóvenes la necesidad de aprender de esa vida excepcional.

La propaganda oficial enseñaba a los muchachos rusos, y a los jóvenes del extranjero, que los hechos de Pavlik representaban un ideal que debía ser imitado.

En el ardor de mis años de estudiante, en los que la universidad vivía tiempos de reforma, como a la mayoría de los compañeros de aula y de tertulia y adoctrinamiento marxista, la vida de ese héroe sonaba a los oídos como una música llena de esperanzas.

Pero ¿quién era en realidad ese muchacho que la propaganda soviética glorificaba tanto? Pese a la intensidad abrumadora y brutal de las enseñanzas que recibíamos entre clase y clase, una inquietud comenzó a asaltarme noche y día.

¿Quién fue en verdad Pavlik Morozov? No me costó trabajo descubrirlo. Nativo de la aldea de Gerasimovka, una pequeña aldea en el distrito de Tavdinsky, Oblast de Sverdlovsk, Pavlik era el hijo de un campesino que había dado sobradas muestras de lealtad y dedicación a la causa de la revolución comunista.

A comienzos de los años 30, cuando la furia de los vientos de la colectivización se intensificaron, la historia le deparó a ese humilde campesino soviético el privilegio de la posteridad; un lugar en la historia del movimiento comunista. Lo consiguió de la manera más difícil: traicionando a su propio padre.
Alrededor de 10 millones de campesinos habían sido víctimas del despojo stalinista. Sobre las inmensas praderas cubiertas de nieve y sangre, tapizadas de cadáveres de hombres y animales, Stalin consolidaba su poder y afianzaba el comunismo. En 1932, la resistencia a la colectivización era todavía muy fuerte. Los campesinos que aun conservaban sus propiedades, denominados despectivamente kulaks por el gobierno y el partido, libraban sus últimas batallas.

Una noche, varios de ellos encontraron refugio en la casa de Pavlik. Su padre los había ocultado, evitando así que la furia stalinista cortara sus pescuezos.

Cuando Pavlik, de 14 años, se dio cuenta de ello, acudió a las autoridades y denunció la traición de su progenitor. Los hombres del partido le recompensaron exaltando su delación como un gesto digno de un gran comunista. En su propia presencia, su padre fue fusilado y poco después el mismo Pavlik fue linchado en represalia por una multitud de campesinos iracundos.

Esa y no otra historia era la que se enseñaba a jóvenes estudiantes a emular como ejemplo del deber de un comunista digno. Esa era la proeza que los partidos de tal ideología glorificaban a través de la difusión de escritos como aquél de Komsomolskaya Pravda que innumerables veces leí y escuché en los predios universitarios: “En esta casa de troncos se efectuó el juicio en el que Pavlik desenmascaró a su padre por haber dado refugio a kulaks. Esta es un reliquia que estremece el corazón de Gerasimovka y de toda la Unión Soviética”.

Por desgracia, esa es la reliquia que sigue, todavía desaparecida la Unión Soviética, conmoviendo el corazón de algunos jóvenes dominicanos y del resto del mundo.

Nota: Muchos dirigentes de partidos marxistas de entonces, que estudiaron en la Unión Soviética, bautizaron a sus hijos con el nombre de Pavel.

(Extraído de mi libro “El mundo quedó atrás, publicado en el 2002.)

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