“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día”, San Lucas 24: 5–7.
El Domingo de Resurrección es un día de alegría, gozo y celebración, donde se recuerda el milagro de Jesús, quien después de entregar su vida en el calvario, tres días antes, resucita y deja la tumba vacía.
Jesús en su crucifixión mostró pasión y amor hacia cada uno de nosotros, además de obediencia al Padre, al seguir cada instrucción dada por Él, instrucciones que siguió al pie de la letra a pesar del dolor y de la tortura que vivió, porque como hombre, el dolor no desapareció mientras colgaba desde el matadero.
A pesar del sufrimiento, Jesús decidió amar primero, obedecer y confiar en Dios, esperando por ese milagro que habría de acontecer tres días después.
Una esperanza nos dejó el Hijo del Padre y grandes enseñanzas que a veces se olvidan, pero es bueno siempre recordar: El amor echa fuera el temor, la obediencia siempre trae su recompensa, pero sobre todo, el verdadero poder y valentía, no está en la venganza ni en devolver el daño recibido con cosas malas, sino, en la rendición a Dios y la confianza que depositamos en Él, sabiendo que al final todo obra para bien.
Recordemos siempre poner nuestra confianza en aquel que ya "no está aquí, ¡pues ha resucitado!".
